Parlez-moi d'Amour, Reditez moi des choses tendres Votre beau discours, mon coeur n'est pas là de l'entendre Pourvu que toujours vous repetiesez ces mots suprèmes Je vous aime.

Alicia en el motel de las maravillas

Alicia y Cheshire sobre tela

Episodio I

Le dije que nos juntáramos en el Venezia. Esa semana ya había sido muy extraña, pero lo mejor estaba por suceder. Me envió un mensaje antes de llegar; que disculpara su ropa, que llevaba días mochileando y no tenía nada más que ponerse. Al encontrarla desorientada fuera del local me di cuenta. Llevaba zapatillas de montaña y caña alta, un largo vestido floreado, blanco y verde, y una chaqueta de jeans que le quedaba de todo menos ajustada. Su nariz era respingada, sin ser tierna como la de un bulldog, sino grande, respingada y característica, inclinada hacia arriba como un girasol. Un vestido así, con flores blancas sobre verde, le quedaba particularmente bien a una mujer inglesa, o al menos me habría dado una peor impresión en una mujer chilena. Nada esencial, pero suelen ser comunes solo entre las gentes de cierta clase social, que se permite vestidos sueltos, y casas grandes y sueltas, autos grandes y sueltos, a costa de tener apretado el espíritu. En fin, nos sentamos y pedimos dos piscolas hasta arriba, nada menos. Do you really want an answer? I don't know in what tone I need to tell you that you're cute but not my kind of guy and yet, damn it, I knew when you approached me I wasn't going to satisfy your desire of fucking me. Quizás fue aquí el punto de inflexión de esta historia, el inicio de la pendiente que llevaría una inocente bola de nieve a convertirse en un derrumbe. Me refiero, por supuesto, a su forma de sentarse. En mis veinticuatro años de vida no había visto nada que se la pareciese. Su cuerpo alargado, con los codos sobre la mesa, se inclinaba hacia adelante tan decididamente que su cabeza estaba por sobre la mitad de la mesa (pequeña y cuadrada), y su postura era de tal atención, de tal fuerza, que me sentí ligeramente intimidado. En otras palabras, si hubiese imitado yo su postura, se hubiesen encontrado prematuramente nuestras bocas sobre la vela blanca entre vasos de pisco. Así nos olvidamos por unas horas de la existencia de cualquier otro punto del universo, de nuestros celulares y de las otras mesas, que quizás nos miraban con envidia o temor. You are cute, but oh boy how ugly are you Your readable fake smile I can see that you're uncomfortable And unsure about your posture, badly seated on that chair One at a time, you try every possible technique Humor, self-deprecation, how cute is that You're not convinced yet, but you want my body badly I don't know what to tell you, but you're not fantastic Conversamos, como es un tema de moda, sobre lo terrible que es el matrimonio y traer más seres humanos al mundo, y como se trata también de un par de ideas hermosas. Su apellido, Toms Moore, nos llevó a hablar por supuesto de una de las mejores historias de matrimonios, la de Enrique VIII y Ana Bolena. Le dije, un poco por salir de la norma y ver su reacción, que me parecía que finalmente Enrique era profundamente romántico, maldecido por una condición genética que le impedía tener un hijo varón que viviese más allá de unos meses, constreñido por la religión católica, y un matrimonio arreglado, se había enamorado de verdad, y dispuesto a sacrificarlo todo, cabeza de Tomás Moro incluida, había roto un matrimonio, una familia y una iglesia. Mi comentario, por supuesto, le disgustó profundamente. Me encantó su disposición a pelear contra mí al respecto, a decirme que era una estupidez mayúscula, que Enrique VIII era un hijo de puta y que no podía estar más equivocado. Qué refrescante. Creo que hay que tomar un poco de distancia de los besos melosos y de las cachetadas amargas, pero aferrarse tanto a los besos que cachetean como a las cachetadas que besan. Su pasión contra mi fue una cachetada que me besó hasta la médula, y desde ese momento harían falta menos de veinticuatro horas para que me besara por última vez; una cachetada cuyo olvido me costó los 19 días de Sabina, y un poco más, y un poco más. You offer me a drink, I appreciate the gesture I start to get comfortable, and I confess, I'll stay It's not that I'm bored, but my friends are gone, And I don't want to sleep yet, so I'll just stay here You get confident, it's cute, I like that I finally start to see who's there in front of me Your face loosens up and your shoulders relax I feel like your body is ready to face mine. Como suele ocurrir en este tipo de noches, nos cerraron la cocina en la cara. Tenían razón, ya eran las 12, no son horas de comer. Intentamos en varios lugares, caminando codo a codo, hasta llegar a un pequeño local de madera y tres pisos, que aún servía comida en el tercero. Subimos y nos sentamos en una mesa de madera, y entre canciones de Pink Floyd y unos pisco sour, devoramos dos porciones de papas fritas. No pude evitar notar las malolientes miradas sobre ti, y sentí la duda inconsciente entre celarte (que nada tiene que ver con proteger) de aquellos que desde otras mesas evaden sus conversaciones fantaseando tu carne por una fracción de segundo. A veces me evado yo también. Me evado contando las flores blancas de tu vestido, las que puedo ver sobre la mesa, y cuento treinta y dos, treinta tres, y quisiera cortar cada una con una tijera, con toda la paciencia del mundo, y ver así treinta y tres veces más tu cuerpo, y me evado también con la guitarra de Pink, me dices que te encanta esa canción, y te corrijo, se trata de Comfortably Numb. Y no lo digo, pero así me siento, comfortably numb by the sight of you. Las papas se van enfriando, al contrario de nosotros, y maliciosamente te propongo que es hora de irnos de ahí. You're cute, but I'm not the one you need But I still wont say "no" to a show in your living room I'd know what to do with you and that's exactly what I want the most. Casi las dos de la mañana y pensé en ese pequeño bar con pista para bailar, y te pregunté si lo conoces. No tardamos en llegar, ni tú en pedir primero un par de shots y después un par de cocktails. Música para mí tan natural y para ti tan extranjera. Y si no fuera porque el alcohol te inundó ya las venas, o por los ciento dieciocho latidos por minuto de tu corazón que entraron en frecuencia con el quiebre de caderas, o quizás por esa alteración de la sangre que produce a veces la primavera, lo que pasó esa noche, no tendría manera. El alcohol también me altera, y la música me trastorna, me muevo de una forma que intenta provocarte, y al parecer me excedo, quizás me excedo, porque me detienes para decirme algo, y tu voz dulce me pide honestidad, pero quiebra algo en mi pecho, al preguntar por mi sexualidad. El ambiente se corta. Qué clase de pregunta es esa? Inicialmente me sorprende, me extraña, y sobre todo, me preocupa. Me gustan las mujeres, le digo, pero qué te lleva a preguntarme eso? La respuesta, si honesta, es una ternura; no estaba acostumbrada a ver hombres heterosexuales que bailasen tan bien. Me vuelve un poco el alma, y entiendo también que la pregunta no es ingenua. Añado entonces, que en realidad no me gusta la idea de tener que decidir si te gusta tal o cuál género, que me gusta más vivir al día, ver persona a persona. Y que hasta ahora solo me han enamorado mujeres, pero, por qué definirse en base a eso? Además, y esto toca decirlo con una pícara sonrisa, me podrían haber gustado hombres toda la vida, pero ahora, en este momento, me gustas tú, y eso es lo que realmente debería importarte o no? Tomo tu mano para volver a la pista. Por supuesto un beso se planta de inmediato, y no solo sentí la electricidad de tus labios, sino también tu cuerpo electrocutado por los míos, y comprendí que de algún modo extraño no éramos tan distintos como despistados terceros habrían juzgado. De partida, pese a ser relativamente tímidos, a ninguno de los dos le importaba el sensual espectáculo que estábamos dando. Y que seguimos dando hasta que se acabó la música. No sé cómo, pero eran ya las cuatro y media. Salimos y caminamos, borrachos y en intermitentes besos. Era el momento de ver que hacer, y nuestras intenciones estaban claras. Me dijiste que tu hostal estaba cerca de ahí, y no sé si fue el alcohol o mi perdición en tu cuerpo, pero tardamos media hora en llegar. Te esperé mientras hablabas con la recepción. No se permitían visitas. No se podían pedir camas sin antelación. Quisiera tomar un segundo para, como decía Groucho Marx, maldecir a todos aquellos hostales que exigen una maleta para quedarte con una mujer, que no tiene por qué ser tu esposa. Malditos los hostales que rechazan adolescentes que escapan de sus padres para amarse por la noche. Maldito sea en particular ese hostal, que se queme hasta los cimientos, por la noche de amor que nos negó. Nos besamos un rato más, y ya era muy tarde, y nosotros muy borrachos. Te dejé entrar, desvanecerte detrás de la puerta. Me quedé petrificado frente a la entrada, y sentí con toda pasión que algo terriblemente malo estaba pasando, así que tomé mi celular y marqué tu número. Vamos a un motel te dije, y tras un par de minutos estabas nuevamente afuera conmigo. Lo que pasó a continuación, un pequeño error de digitación, un minúsculo desliz, marcaría rotundamente nuestro destino. Utilicé mi celular para buscar el más cercano, Maravilla se llamaba, y pedí un taxi. Lo que no advertí es que hay dos moteles Maravilla, uno de los cuales quedaba a 25 kilómetros del barrio bellavista. Nos daríamos cuenta muy pronto. Nos subimos al auto conversando cariñosos, mi mano en su muslo y la suya en el mío. Ambos en el mejor estado de la ebriedad, prontos a una risa que no acaba en descontrol, apasionados y profundamente vivos. Evidentemente algo andaba mal, ya habían pasado a lo menos diez minutos. Sin entender aún qué pasaba, tuve una tétrica intuición, que por ebrio o caliente, no quise desarrollar. Intenté desviar la conversación, saber de su familia y de su infancia, como una forma de desnudarla antes de llegar. Nada bastó, y naturalmente quiso saber dónde estábamos y qué estaba pasando. No era un secuestro. Fue ahí que, revisando mapas y conversando con el conductor entendimos lo que pasaba. No había vuelta atrás, no tenía sentido. La hora y el alcohol empezaban a pesar; un peso delicioso, casi tanto como el de tu cabeza que se inclinó para dormir sobre mi hombro, casi tanto como el peso fantasmal de tu cuerpo sexuado moviéndose sobre el mío. Finalmente llegamos, y la escena era completamente surreal. Cariátides de falsa apariencia griega, luces rojas reflejando sobre una gran pileta italiana. Encajaba a la perfección con la imagen mental de una villa italiana en las afueras de Miami. Ciudad del vicio. Despabilada, frente a tal barata pretensión de grandeza, te pusiste a reír como una niña. A un burdel. A un burdel. Me trajiste a una burdel. Tu voz se escuchaba más única que nunca. Que nunca tu voz, que nunca las otras voces. Y girando al rededor de tus pies tomaste mi mano, y giramos los dos como dibujando mandalas, o ejecutando un extraño ritual de cortejo y confirmación. Confirmé en tus ojos que quería dormir contigo, y en tus manos que querías dormir conmigo, y en tus labios que la noche existía aún, y que éramos suficientemente jóvenes para vivir así, un poco locos, un poco borrachos y finalmente, un poco enamorados. Nuestra pieza era una ridiculez, y al mismo tiempo adorable, con sus luces de neón púrpura, y un majestuoso espejo en el techo de unos tres metros de largo. Tú no podías creer que estabas ahí, y yo no podía creer que estaba contigo. De hecho debo confesar que casi me exaspera tu sorpresa, concentrada en los tules rojos de la cortina, y el declive de la ducha, mientras yo me concentraba en la danza de margaritas que te caía del pelo. Casi me exaspera, pero te abracé desde la espalda, y te dije que fuésemos a la cama, y tu temple cambió al oír mis palabras. Me demostraste que podías concentrarte a voluntad, y que en tu corazón habían semillas celestes de las cuáles brotan nubes de whisky, y que en tu cabeza pocas cosas tenían la seriedad que tiene el amor, en especial en esa forma, casual y pasajera; sublime regalo de los dioses. De tus labios pasé a tu cuello y tus lóbulos, como es la práctica común. A diferencia del estándar, sin embargo, emprendí la napoleónica empresa de conquistar cada rincón de tu cuerpo. Diez masajes para los diez dedos de tus pies, recompensados por el ascenso de la celeste escalera que son tus piernas. Tuve que darte la vuelta para resistirme, y sin piedad besé tu espalda, que como un canvas vacío esperaba la pintura de mis labios. Dibujé una estrella de seis puntas, y tras desenredar tu pelo hice la pregunta de rigor. Quieres que siga. Quiero que me devores. No hacía falta más. Un segundo, pedí, si no es mucha la molestia, quisiera poner algo de música. Una lista de reproducción de dos canciones sería suficiente; Child in Time de Deep Purple, Starless, King Crimson. La primera nos permite explorar durante cinco minutos los diferentes tenores, frecuencias y sabores de tu cuerpo. La segunda dura doce minutos, y es suficiente para conducirte al orgasmo, y posteriormente al sueño. La noche bien podría haber acabado ahí, en cuyo caso jamás habría habido motivo suficiente para esta historia; lo peor sucedería dentro de seis horas.

Episodio II

No hay escapatoria. No puedo esperar, necesito un golpe, un remezón. Damelo cariño. Eres peligroso, y la verdad es que me está encantando. La verdad es que estoy volando muy alto, sin poder bajar. ¿Me sientes ahora? La única verdad es el sabor de tus labios, y yo viajando. Eres tóxico y adictivo, como el venenoso sabor del paraiso. - Britney Spears
Seis y cuarenta y cinco. Dos sueños. El primero transcurría en una especie de fiesta de graduación o gala, y por alguna razón estaba bailando con un viejo romance que por desafortunadas casualidades nunca tuve la oportunidad de besar. Bailábamos borrachos y nos besábamos por fin sobre el ritmo de la canción más lenta de la noche. Después de unos minutos me daba cuenta y le decía, puta madre, es solo un sueño. Tranquilo me decía, son solo cosas materiales, no importa, son solo cosas materiales. No entendí lo que quería decir. En el segundo sueño manejaba un Ford 88' por una carretera en medio del desierto, escuchando un estruendoso Creedence Clearwater Revival y disfrutando la simpleza del gris infinito y convergente del pavimento. Súbitamente una bolsa de papel me atrapaba la cabeza, se trataba de un secuestro. Estaba en manos de una figura misteriosa, que de alguna manera se había inmiscuido en el asiento trasero sin hacer ruido alguno. No recuerdo haber muerto en el desenlace, pero desperté con angustia, y la vi a mi lado durmiendo plácidamente. Una buena parte del alcohol se había desvanecido ya de mis venas, y como el ser egoísta y maligno que a veces soy, la desperté. La desperté suavemente, de modo tal que no pudiese despertar y preguntarme «¿qué pasa?», por que la verdad es que no pasaba nada. No quería hablar, o mejor dicho, no tenía nada que decir. Bese entonces su oreja como subterfugio para evitar el contacto visual, y sus piernas se entrecruzaron abrazando mi torso, como una araña que ha atrapado su presa. Así de majestuosa, así de comprometida. La temperatura comenzó naturalmente a subir, pero en retrospectiva veo las cosas muy claras, no se trataba de un deseo carnal, en lo más mínimo, sino de una especie de terror. No había mirado el miedo aún a la cara entonces, pero sin saberlo temía profundamente que aquel encuentro tan maravilloso se desvaneciese entre mis manos. Maldije a la noche breve sin siquiera maldecirla. Maldije mi corazón, tan pronto a la entrega y al dolor, y me aferré a esas piernas tan fuertemente como pude. No teníamos condones. Le dije que fuésemos a comprar, en todos los moteles naturalmente se venden condones. Nos vestimos mínima y humildemente, y salimos de la pieza bajando dos pisos de escaleras. Amo a la mujer aventurera que eres. En fin. El mundo estaba oscuro, y pesado, y no habían más luces que los opacos neones que se escapaban de piezas lejanas reflejando en el suelo. El lugar debe haber tenido unas trescientas piezas, y cubría al rededor de una hectárea. Evidentemente no teníamos idea de dónde estábamos. Tomé su mano áspera, y caminamos aleatoriamente hasta darnos cuenta que estábamos perdidos. Vi por azar una ventana cuyas cortinas dejaban ver piel. Morbosamente, mientras dimos seguíamos avanzando juntos, intenté observar de reojo la escena, y lo que vi me hizo detener de seco mis pesos. Naturalmente se detuvieron los tuyos también. Se trataba de un hombre mayor, de unos sesenta años (aunque no confiaría en ese número, nunca he sido bueno con las edades), de vientre abultado y peludo, que miraba de frente una joven que transmitía de inmediato la impresión de ser menor de edad. Le pregunté a Alicia si creía que ella tenía más de 18 años. Holy shit, respondió. Qué mierda. Qué puta mierda. Traté de decir que bueno, quizás estábamos mal pensando las cosas y era una veinteañera de cándido aspecto. ¿Cambiaría eso algo? ¿Qué diferencia hay entre 17 y 19 años? En cualquier caso la mera vista de la escena transmitía una profunda sensación de incorrectitud, de tóxico veneno. Ambos estaban desnudos, y el hombre tenía en sus manos una cámara análoga, probablemente de rollo, una Leica de cuero negro, a través de la miraba a ella. Ella se veía derrotada. Puse especial atención a sus ojos, quise ver si mostraban miedo, rabia, rastros de llanto. Pero no, transmitían una sensación robótica y vacía, como si se tratase de un maniquí. Tras un gesto con la mano, ella cambia de pose, y se distingue con claridad que él saca nuevas fotos. Le dije a Alicia que nos moviéramos. Ella dijo que llamáramos inmediatamente a los carabineros. Espera un poco, le dije, quizás todavía estamos ebrios, no estoy seguro de lo que estamos haciendo. Ven, le dije, pongámonos detrás de esa muralla, no vaya a ser que nos vean. Así hicimos, espiando a unos diez metros la escena. Durante los próximos minutos no dijimos absolutamente nada, tan solo observamos, a la distancia y con horror. Él puso la cámara en un trípode y se acercó a ella. Tuve miedo. Pero simplemente le tocó el brazo, como indicándole que se sentara. La joven se sentó, mientras él salía de la escena. Ella miraba el techo, con las piernas entrecruzadas en el suelo, de la forma que solemos denominar india. Él volvió a la escena tras unos segundos, con una pequeña caja en la mano. De la caja sacó una aguja larguísima. Qué mierda. Sentí la respiración de Alicia agitarse. En los siguientes instantes procedió a perforarle la oreja. Sí, perforarle la oreja. No le puso un aro, ni nada en su lugar. Simplemente retiró la aguja, dejando caer un ligero hilo de sangre. Ambos, el viejo y la joven, asintieron con la cabeza. No tengo la más mínima idea del propósito. De pronto el hombre giró su cabeza en dirección a la ventana, y se me heló el corazón. Alicia y yo escondimos nuestras cabezas, que asomaban antes tras una pared. Vámonos ahora mismo. Vámonos. Sin saber a dónde partimos corriendo. Tras haber dado al rededor de cinco zancadas, se escuchó un pequeño grito, amortiguado, apaciguado. Corrimos aún más fuerte, Alicia se iba quedando atrás. Vi el sufrimiento físico en su cara, y me dolió, transmitiendo probablemente el sufrimiento a la mía. Segundos después pude distinguir la recepción, con sus fastuosas luces moradas. Vamos Alicia, ya casi llegamos a la dirección, metámonos ahí. Al entrar nos quedamos en blanco, mirándonos, jadeando y sin decir nada. No supe que decirle a la recepcionista, así que dije simplemente que habíamos salido de la pieza a caminar y ya no sabíamos cómo volver. Nos dio indicaciones precisas. Tuve el descaro, y ahora me arrepiento, de preguntarle por condones. Le compré una caja de tres, y partimos. Los compré sin volver a discutirlo con Alicia, una total imprudencia. ¿En qué estaba pensando? La respuesta es obvia. Pero me avergoncé, y los escondí rápidamente en mi bolsillo como si los ocultara de mi madre. Llegamos nuevamente a la pieza. Me dijo que no podía más, que ya no aguantaba, y se echó a dormir sin mediar más palabra. Por supuesto no pude conciliar el sueño, así que salí nuevamente a caminar, esta vez solo y poniendo particular atención a recordar el camino de regreso. Recordar el camino de regreso. Dos derechas, una izquierda, derecho y luego derecha. El camino para enfrentarse a la cabaña de la escena era en realidad bastante simple. Apenas estuve a una distancia prudente di un vistazo. La cortina seguía abierta, pero ya no se veía a nadie. Esperé unos veinte segundos mirando a la distancia, y tras no ver cambio alguno di un par de pasos en su dirección. Nuevamente esperé veinte segundos. Nada. Nada. Nada. Decidí que una buena idea era pasar caminando junto a la ventana, mirando tan solo de reojo. Así, en el peor de los casos, si alguien me veía pasar, no podría distinguirme de un inocente transeúnte. Mientras pasaba, a menos de un par de metros, pude ver ya el grueso de la habitación, y lo que divisé me horrorizó. Bajo un mesón, que desde la vista que habíamos tenido hace un rato no era visible, pude ver al hombre mayor, al viejo, tirado en el piso y desnudo. Tenía la apariencia de estar muerto. No tuve ninguna mejor idea que caminar apuradamente de vuelta a nuestra habitación, y contarle a Alicia lo que había visto. Me abrazó sobre la cama y se largó a llorar. También lloré, y habiéndolo echado todo; el dolor, el veneno, el alcohol, logré pegar los ojos. Desperté con el sol martillándome la frente como si fuese un castigo, y Alicia estaba en el baño ya. Mi boca tenía un sabor horrible, y por supuesto no teníamos ni cepillos ni pasta de dientes. Le dije a Alicia que iría a comprar, y me dijo que no lo hiciera, que había que dejar de comprar tanto plástico. En otras circunstancias un comentario así me podría haber molestado, pero me limité a decir okay. Okay, le dije, y fui a por un beso suyo. Me dio un pico, apenas encontrados nuestros labios retiró su cara, y dijo que su boca también tenía un sabor horrible. No insistí, porque era cierto. Vamos, me dijo. No mencionamos en lo más mínimo lo vivido la noche anterior. Me pregunté incluso si de verdad lo habíamos vivido, si no había sido un sueño o una alucinación. Estuve tentado a preguntarle, solo para confirmar, para descartar mi locura y saber que no estaba solo. Pero por alguna razón, que ahora no entiendo, decidí no hacerlo. Pedi un taxi con dirección a su hostal, y apenas subimos me quedé dormido nuevamente. Me despertó cuando llegamos, y noté de inmediato que había olvidado mis lentes. Puta mierda. ¿No puedes ir otro día a buscarlos? me dijo. Sí, creo que sí puedo. Era mediodía, y teníamos un hambre brutal. Me dijo que conocía una tienda de falafel vegano maravillosa. Era un sucucho en la entrada de Recoleta, y pedimos tres porciones grandes, una para mí, una para ella, y otra para su amiga que la esperaba en el hostal. Apenas nos entregaron el pedido me dijo que debía irse, que su amiga la esperaba y que le llevaría el falafel. Le hice la pregunta de rigor, ¿te volveré a ver? No sé, dijo apurada, es difícil. No había nada más que decir. Le di un último beso, pequeño, tímido, miserable, y la dejé partir. Todo pasó demasiado rápido, pero apenas la vi desaparecer entre la gente me sentí destruido, desgarrado, como si una maloliente fiera me hubiese clavado los dientes en el alma. Me senté a comer mi falafel con un nudo en la garganta, y mientras comía el dueño del local me habló. Era un tipo simpático, había visto la escena y me hizo un comentario amable sobre las mujeres. Asentí, no había otra alternativa, así son las mujeres repetí, sabiendo que lo que decía era una estupidez. Sentí asco, profundo, una gota más de mayonesa me habría hecho vomitar. No pude terminar la comida, así que agradecí y me fui. Caminé hasta el metro, y me dirigí a la universidad sin cambiarme de ropa, sucio, maloliente, desgastado, con una camisa de noche medio abierta y manchada con alcohol. Di sin mucha preparación la clase que tenía que dar, y finalmente me fui a mi casa, nuevamente en metro. Al llegar finalmente a mi casa no duré un segundo sin lanzarme sobre la cama y echarme a llorar. Sentí mis alas cortadas, mi soledad infinita, las fieras que me mordían el alma. Me duché y las gotas de agua se confundieron con mis lágrimas hasta desaparecer, y luego volví a la cama. Eran tan solo las seis de la tarde, pero ya no podía hacer nada más. Nada más. Rogué, de verdad rogué, que tal como no había olvidado yo el camino de regreso a nuestra habitación esa noche, no olvidases tú tampoco el camino de regreso a mis brazos. Pero los ruegos son gritos al cielo, no son nada. En la realidad, solo tristeza. Ya no podía llorar, solo una tristeza negra, profunda, sorda. No sabría decir por qué un encuentro tan casual y fugaz me afectó tanto, más que otros romances que duraron semanas o meses. Pero en fin, así es la vida, hay ocasiones, especiales, en que la tristeza se vuelve maloliente, dura, feroz. Algunas tristezas comunican algo tan profundo, tan sublime, que el alma ya no es capaz de llorar, sino tan solo de caminar en silencio, entre los altos cipreses negros.
Camino entre cipreses negros

Epílogo

Los días pasaron y decidí enviar una carta, contándote cómo me sentía, contándote que moría de ganas de pasar más días contigo, sin siquiera saber bien por qué. Las cosas salieron bien, recibí una cariñosa respuesta, y seguimos hablando fervientemente a la distancia, mientras recorrías el resto de Latinoamérica. Nos enviamos fotos, videos, y llamamos un montón de veces. Me hiciste descubrir la maravillosa poesía minúscula de Rupi Kaur, y criticamos juntos las nefastas compañías de internet, que nos impedían la comunicación fluida. Me emocionaba cada foto con tu cara, y cada conversación sobre el sexo que tendríamos. Intercambios historias de nuestra niñez y adolescencia, de nuestros previos amores, miedos e inseguridades. Nos hicimos preguntas íntimas, y disfrutamos genuinamente quienes éramos. Las cosas fueron tal como debieron ser. Como es de esperarse, nos devoró la falta de un destino inmediato, de pragmatismo y concretitud. No había nada qué hacer, no había futuro. Eramos jóvenes enamorados, sin destino, sin ambición, sin horizonte. Decidí cortar por lo sano, y te llamé un día diciendo que era mejor dejarlo hasta ahí. Ya no hubo llanto, tampoco profundo dolor. Solo recuerdos, solo aquellas fotos que me enviaste, fotos de esa noche en el motel de las maravillas. Su único recuerdo tangible, la única prueba de que no estamos locos; estuvimos ahí, y en la más breve de sus formas nos quisimos. Solo quiero decirte, que meses después, se me acabó la paste de dientes, y mi cepillo estaba desgastado, las cerdas abiertas y ya blanqueadas por la vejez. Fui a la farmacia, como es lógico, y cuando llegó mi turno pedí lo que realmente necesitaba: un cepillo de dientes de bambú. Cheers.